Esta pintura surge de una profunda reflexión: dos mitades conviven dentro de cada uno de nosotros.
Uno mira el mundo con los ojos abiertos, curioso y consciente; el otro permanece escondido, silencioso, a veces ciego a lo que no quiere o no puede ver.
Las líneas geométricas y los colores intensos no son sólo una elección estética: revelan el contraste y la armonía de estas dos naturalezas.
El azul y el verde transmiten introspección y calma, mientras que los rojos y amarillos vibran con energía y pasión. Los contornos claros dibujan límites, pero los matices los cruzan, recordándonos que ninguna de las dos partes vive separada de la otra.
El rostro, dividido pero unido, se convierte en el símbolo de una vida inestable y fascinante saldo:la parte que ve y la parte que no ve se completan entre sí, creando una identidad única e irrepetible.
No es sólo una obra para mirar: es un espejo emocional en el que reconocer fragmentos. de la propia historia interior.
Una pieza que aporta no sólo color al hogar, sino también introspección, diálogo y belleza atemporal.